Interés General


Para una víctima, guerra no es la solución: hija del magistrado Urán

Para una víctima, guerra no es la solución: hija del magistrado Urán

En foro de la Fundación Konrad Adenauer, Helena Urán dijo que la verdad y la memoria son clave.


Hace un mes se realizó en Berlín (Alemania) un foro colombo-alemán para explicar el conflicto colombiano. Las protagonistas fueron las víctimas, pero solo una habló al público: Pastora Mira García. Las demás, entre quienes está la hija del magistrado Carlos Horacio Urán, asesinado en el Palacio de Justicia, lo hicieron desde la tribuna.

—¿Quién es el de la foto?
—¿Es mi papá.
—¿Y dónde está?
—¿Esta muerto
—¿Y por qué?
—¿Lo mataron.
—¿Quién?
—¿Unos señores.
—¿Y por qué?
—¿Porque son malos.

Las preguntas se las hace Manuel, de 6 años, a su madre Helena Urán Bidegain, hija de Carlos Horacio Urán, el magistrado auxiliar del Consejo de Estado asesinado extrajudicialmente en torno de los hechos de la toma del Palacio de Justicia.

Ella sí puede asegurar cómo las segundas y las terceras generaciones heredan el dolor de la violencia colombiana, así no la hayan vivido. “Por eso es decisiva la verdad y la memoria en tiempos de transición. Es la única forma de comenzar a sanar”, dice Helena.

Ella tiene 40 años, vive con su hijo en Berlín y, al igual que le tocó a su hermana mayor con sus hijos, hace ya unos años en Bogotá, ha tenido que explicarle a Manuel el hecho que les marcó sus vidas. “Todos quieren escuchar la historia del abuelo, aprender de un país inmerso en el conflicto. Volver a recordar es volver a llorar, porque toda la verdad sobre la toma del Palacio, tantos años después, no ha salido a flote”.

A Manuel, cuenta Helena, “se le ha quedado grabada la imagen del tanque entrando al Palacio cuando la vio en fotos. Yo lo llevé a la ceremonia de reparación que hubo en Bogotá con el presidente Juan Manuel Santos y me hizo más preguntas a partir de ese momento tan extraño para la familia. Los discursos nunca sonaron sinceros”. 

Helena, recostada en una de las ventanas de la sede de la Konrad Adenauer Stiftung, ubicada en frente del parque Tiergarten (En el jardín de las bestias), espera a que comience el foro denominado ‘El camino colombiano hacia la paz’. La promoción de estas actividades en Europa ha ido en aumento, con el objetivo de que los colombianos aprendan de otras experiencias sobre la guerra y la paz, y para que los políticos y organizaciones civiles de la comunidad europea extiendan la mano y ayuden al país latinoamericano a construir su transición y posconflicto.

Observa a los invitados, entre los que están políticos, como Carlos Holmes, del Centro Democrático; sacerdotes como el padre Darío Echeverry, secretario general de la Comisión de Reconciliación Nacional, y exguerrilleros como Antonio Navarro Wolff, excombatiente del M-19 –el grupo que se tomó el Palacio de Justicia, de donde se documentó que su padre salió vivo–. Días después fue hallado muerto en otro lugar.

Comienzan las intervenciones y Helena toma asiento en la tribuna. Dos filas delante de ella hay tres mujeres colombianas silenciosas, de rostros adoloridos. Hasta ese país llevaron el miedo grabado en el alma, y algunas incluso tatuado en la piel.

Toman la palabra el embajador de Colombia en Alemania, Juan Mayr Maldonado; el empresario Jens Mesa Dishington, presidente de la Federación de Cultivadores de Palma, y el profesor Gustavo Duncan, columnista de EL TIEMPO y experto en temas de narcotráfico y en la relación entre criminalidad y construcción de Estado.
Helena escribe en su libreta. Su postura comunica inquietud, a veces incredulidad. Acapara toda su atención Pastora

Mira García, quien desafió el terror en San Carlos y luchó junto con otros por permanecer en el territorio a pesar de que le mataron a dos hijos. Helena mueve su cabeza en señal de aprobación, mientras esa otra víctima, como ella, se dirige al auditorio. “Quiero creer en la paz de Colombia, pero solo será posible a través de la verdad, como la que cuenta esta mujer (Pastora). Lo demás son solo discursos y diagnósticos”, me dice.

Con el miedo a cuestas

Las otras mujeres colombianas, desplazadas, se giran sutilmente para mirar a Helena. La reconocen. En el intermedio del foro, durante una pausa para un café, las tres se ubicaron en una mesa apartada del resto de visitantes colombianos. Relataron que salieron del país porque las iban a matar. Una de ellas, bogotana de nacimiento, lo hizo hace 30 años. Fue miembro del movimiento estudiantil de la Universidad Nacional.

“Salí sin rumbo en la época en que nos mandaban sufragios. A mis compañeros los fueron acribillando. Viví 10 años dando tumbos por varios países latinoamericanos y hace 20 que estoy acá. Nunca pude acceder al estatus de exiliado”.

La otra señora, de acento costeño, no quiso revelar su ciudad de origen. Llegó a Alemania como desplazada por la violencia. “Hoy vine al foro para escuchar, desde el papel de la víctimas, cómo se percibe el futuro de mi país. Es realmente la primera vez que le dan cabida a una víctima para que hable ante tantas personas”.

Las dos, sin nombres, se refirieron a la paz con esperanza. La bogotana habló desde el corazón: “Yo quiero creer en el proceso de paz. La guerra no es una solución. El dialogar y buscar una salida es un camino”. La costeña reclama verdad: “Conocí acá a la monja Yolanda Cerón. Ella les enseñó a las comunidades negras del Pacífico a constituirse, a reclamar su tierra. Una que después fue aprovechada por los empresarios de la palma. Pero nadie habla de esa verdad que nos deben”.

Las dos dejaron a sus familias en Colombia. Y como no había más opciones, vivir o morir, optaron por la primera y renunciaron a la nacionalidad colombiana. “Desde entonces siento que mi vida fue cortada. Y ahí andamos, rodando”, menciona entre dientes la que fue una estudiante luchadora de la Nacional.

‘La relación con el país se me bloqueó’

Helena nació en Bélgica. Sus padres la llevaron a vivir a Colombia cuando tenía 5 años, y cuando había cumplido los 10 mataron a su papá. Para ella, sus tres hermanas y su madre, se paralizó el mundo. “De inmediato, la relación con el país se me bloqueó y no he podido reconciliarme con Colombia”.

La familia Urán Bidegain no fue exiliada política. La madre (Ana María Bidegaín) y dos de las hijas, en palabras de Helena, se autoexiliaron. “Nunca voy a olvidar el hecho de que un militar le dijo a mi mamá que él sabía que tenía cuatro hijas y que le sugería que se fuera del país porque iban a correr ríos de sangre. Mi mamá es profesora universitaria y este señor fue a su oficina a decirle eso. Ella, habiendo vivido una dictadura militar en Uruguay, dijo:

‘¡Nos vamos!’ Hoy todas vivimos en un país distinto. Mi hermana mayor, en Colombia”.

Helena y su familia, víctimas entre los más de 7 millones que hay, no solo perdieron al padre; también la credibilidad en el Estado: “Crecimos con esa sensación de que nos estuvieron mintiendo toda la vida. Para que nos doliera más, tuvimos que cargar con el silencio que impuso no poder hablar del tema ni saber cómo hacerlo. Tuvieron que transcurrir 22 años para que esa verdad quedara al descubierto. Aunque los responsables aún no han reconocido nada”, cuenta.

Fue como si la película de sus vidas se quedara en pausa en una repetitiva escena: la del dolor que enmudece. “Nunca hablaba del crimen de mi papá. Decía que se murió, pero no contaba cómo. Hace tres años, aquí en Alemania, me dije a mí misma que no tenía por qué sentirme culpable por lo que nos pasó. Y ahí empecé a hablar”.

Helena se formó en cultura de medios, estudios latinoamericanos y lingüística. Trabajó con la cooperación alemana GIZ y ahora lo hace como asesora con uno de los parlamentarios del Bundestag alemán.

Un buen día sintió la necesidad y reunió a otras víctimas colombianas. Ahora se reúnen periódicamente para intercambiar y hacer memoria. “¿Qué me empujó? Que si no hablamos, ayudamos a que la impunidad perdure más”, afirma.

Son ocho las integrantes del grupo. No tienen aún oficinas; se reúnen en las casas de unas y otras. Cocinan entre ellas mismas. Hablan del país, de lo que sueñan. Algunas quieren volver. Para otras, sencillamente ya no es posible.

El ejercicio no ha sido fácil. Ella y las tres mujeres sin nombres que asistieron al foro en la fundación coinciden en que reconocerse víctima no es agradable. Helena dice: “Nadie, estoy más que segura, quiere estar en ese tránsito. Entonces es mejor vernos como sujetos de derecho. Nos atrevemos a contar lo que nos pasó porque no somos culpables y tan solo queremos verdad y justicia”. La mujer bogotana sonríe, “el llanto ha sido lo de menos. La falta de solidaridad lo ha sido todo”, dice.

“Acá, las víctimas colombianas estamos solas. No nos han tendido la mano como sucedió con los chilenos exiliados. Y eso a pesar de que las víctimas colombianos superan el número de las de las dictaduras de Uruguay, Chile y Argentina juntas. Es que nuestro conflicto es difícil de explicar. Cuando relato la historia, me interrumpen para preguntarme cuál es el nombre del dictador. Y les digo que no es así, que han sido más de 50 años de violencia constante con miles de victimarios de todo tipo. No les cabe en la cabeza”, relata Helena.

A pesar de todo, ellas sonríen. Siguen soñando como colombianas en un país distante y frío que extiende la mano.






Comments